El día que tomé la decisión de pasarme al bando de los perdedores alcancé la libertad. Es este, la libertad, un bien que uno ha de entresacar bajo la superficie como se extrae un diamante de un yacimiento o una trufa del subsuelo del bosque. La superficie, en este caso, se compone esencialmente de clichés que la propia sociedad se ha dado a sí misma para esclavizarse: fundamentalmente el lujo y la posición social. Estas dos empalagosas golosinas son sutilmente utilizadas por el sistema para alimentar a los ganadores, también conocidos como triunfadores.
El día que decidí perder, mis hijos me lo agradecieron. No me lo dijeron, pero lo pude sentir en poco tiempo. El hecho de tener la oportunidad de permitirse uno mismo tomar una decisión así lo considero el mayor de los privilegios. Ojalá todo el mundo tuviera la posibilidad de hacerlo.
Gracias a todos los que me enseñasteis a ver más allá de lo superfluo para llegar a ser un perdedor convencido.
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