La consecución del estado del bienestar ha sido uno de los objetivos de nuestra sociedad en las últimas décadas. Este avance, que resulta un indudable progreso, ha provocado que la calidad de vida actual esté entre las más altas del mundo. Lo que cabría esperar es que este progreso social llevara asociado un incremento en la virtud personal de los individuos, dado que se facilitan los medios necesarios para aumentar la formación individual y los grandes principios que se nos han inculcado son valores tan genuinos como la libertad, la igualdad o la solidaridad, entre otros.
Pero la condición humana es compleja, y lo que debería ser un escenario perfecto para el desarrollo integral de las personas, se puede convertir en el caldo de cultivo en el que crecen indolentes, vagos o simplemente imbéciles.
Si nos fijamos en la Historia, encontramos ciclos donde a épocas de progreso le siguen grandes crisis manifestadas en guerras, conflictos o revoluciones. Mi opinión (es probable que si lee esto un sociólogo piense que uno de los imbéciles de los que estoy hablando sea yo mismo) es que las sociedades necesitan para desarrollarse afrontar dificultades, porque su propia superación hace crecer a las personas que las integran. Cuando uno escucha atentamente las opiniones de personajes de las generaciones que superaron las guerras, los campos de concentración, el exilio, la persecución política, siente que sus valores, sus sentimientos y su dimensión humana están muy por encima de lo que estamos acostumbrados a conocer dentro de nuestra idílica sociedad. Es una sensación parecida a la que uno tiene cuando observa imágenes de un animal salvaje y uno de la misma especie criado en cautividad, con todas sus necesidades vitales aseguradas de forma artificial.
Mi opinión es que el propio bienestar genera un entorno de vida fácil, en donde las necesidades más primarias están aseguradas y el tiempo para el ocio se multiplica desmesuradamente. Ello provoca una preocupación desmedida por lo banal en forma de esclavitud por las modas, los caprichos y el narcisismo. Este es el proceso de idiotización masiva que poco a poco degrada a la sociedad. Cuando esta degradación llegue a un estado suficientemente profundo comenzará la curva descendente del ciclo que provocará la crisis histórica que corresponde a nuestra era. El tiempo dirá.
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