viernes, 23 de enero de 2009

Un perdedor satisfecho

El día que tomé la decisión de pasarme al bando de los perdedores alcancé la libertad. Es este, la libertad, un bien que uno ha de entresacar bajo la superficie como se extrae un diamante de un yacimiento o una trufa del subsuelo del bosque. La superficie, en este caso, se compone esencialmente de clichés que la propia sociedad se ha dado a sí misma para esclavizarse: fundamentalmente el lujo y la posición social. Estas dos empalagosas golosinas son sutilmente utilizadas por el sistema para alimentar a los ganadores, también conocidos como triunfadores. 
El día que decidí perder, mis hijos me lo agradecieron. No me lo dijeron, pero lo pude sentir en poco tiempo. El hecho de tener la oportunidad de permitirse uno mismo tomar una decisión así lo considero el mayor de los privilegios. Ojalá todo el mundo tuviera la posibilidad de hacerlo.
Gracias a todos los que me enseñasteis a ver más allá de lo superfluo para llegar a ser un perdedor convencido.

martes, 20 de enero de 2009

El carisma y las masas

Según la Real Academia de la Lengua Española se define carisma como:
1. m. Especial capacidad de algunas personas para atraer o fascinar.
2. m. Rel. Don gratuito que Dios concede a algunas personas en beneficio de la comunidad.
Parece ser que en las sociedades  democráticas avanzadas los candidatos a los más altos cargos de responsabilidad política deben contar como condición indispensable con esta "especial capacidad". Se debería analizar, en mi opinión, cual es la importancia que se le da a este condicionante dentro de las carreras universitarias, doctorados, estudios post doctorales o de máster y en las oposiciones más exigentes de la administración pública, al ser estos los niveles académicos y formativos más elevados en la actualidad. Es de suponer que, en la mayor parte de ellos, este aspecto resulta irrelevante o, al menos, secundario. Quizá sea un aspecto de cierta importancia, y en esto reconozco mi desconocimiento, en técnicas de márketing o periodismo.
Suponiendo que esto fuera así, estaríamos admitiendo que esta "especial capacidad" prima por encima de valores tan fundamentales como la preparación intelectual, la honestidad o la sensatez, por ejemplo. Es asombroso comprobar cómo, en muchas ocasiones, se emiten opiniones sarcásticas sobre personajes de indudable valía personal pero que sin embargo adolecen de carisma o, simplemente, resultan aburridos para la mayoría de la sociedad.
Esta circunstancia, sin embargo, puede tener a mi juicio una explicación. Lo que los partidos políticos demandan en realidad es a personajes con capacidad de acaparar el máximo de votos posible, por lo que sus dotes para fascinar a la población adquieren la mayor relevancia. Si esto se extrapolara a otras civilizaciones, teóricamente menos avanzadas que la nuestra, significaría que los hechiceros, vendedores de elixires, encantadores de serpientes o charlatanes serían los personajes que habrían llegado a los más altos niveles de responsabilidad política, por encima de los sabios o los ancianos de la tribu.
La sensatez y el sentido común chocan frontalmente contra la necesidad de manipular a la sociedad para perpetuarse en el poder. Lo más curioso es que, además, el hecho de tener carisma es frecuentemente utilizado por los analistas políticos como una virtud absoluta digna de admiración. La dependencia de este tipo de valores es lo que, a mi juicio, lleva a esperpentos como los que venimos observando en la política a nivel mundial en las sociedades avanzadas (entiéndase lo de avanzadas como un sarcasmo, por favor).